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No conviene tomar el poder. Si uno quiere hacer un mundo mejor, no hay quetomar el poder.
Un grupo de personas accede al sillón de Rivadavia y al juego de sillas quecompletan el lote y se sientan con la esperanza de darle a ese poder unrumbo nuevo. Enseguida se advierte que, como en los mejores cuentos deterror, no son ellos los que mandan. El que manda es el sillón. ¿Qué pasa?Es que en ese sillón solo puede hacer algo el que acepta sentarse como elsillón manda. El resto, se enreda y fracasa.
¿Hay que tomar ese poder?Este no es un sillón cualquiera. Es el sillón de Rivadavia, cúspide formal deuna maquinaria orientada en un sentido preciso. Es, además y por sobretodas las cosas, el sello de una institución: la disposición eficaz de una redmuy definida de ideas y aspiraciones, un repertorio de medios y fines bienconcretos. Cuando uno habla del sillón de Rivadavia debe saber que estáhablando de un poder construido para dar forma a una forma de ser: el paísque tenemos.
¿No habrá que destruir ese poder?Me refiero al sistema de poder que se instituye en la Argentina a partir de1983. ¿Usted se fijó que por largo tiempo (¡casi 20 años!) creímos que dentrode ese sistema fragmentado y dominado por lobbies de cualquier tipo se po-día sembrar el embrión de una política que fuera capaz de subordinar losintereses sectoriales y conducir el conjunto en dirección al bien común?¿Cuántas veces repasamos las figuritas pensando en cuál sería la cara quenos abriría la brecha? ¿Podría mostrarme un resultado importante?Desde 1983, la Argentina adopta una forma institucional surgida del fracasosin atenuantes de sus movimientos populares (el peronismo está entre ellos),del aniquilamiento político-social conseguido por la dictadura militar (que in-cluye a las propias FF.AA.) y del vigoroso poder instituyente que a nivel pla-netario asume el capital financiero y el poder político-militar de los EE.UU.,fuente real de la creación de todas las democracias de la etapa.
Este país es completamente nuevo. Es distinto a todo lo conocido. El tiempohistórico cambió su eje de rotación. En este país se habla, se hace y sepiensa distinto. ¿Notó usted que todas las poderosas instituciones históricasdel pueblo (su discurso, su acción, sus principios) han dejado de existir enese proceso y que las que aún sobreviven se han convertido en estructuraspolítica y socialmente inocuas y en riesgo constante de desaparecer?Es que la “reconstrucción democrática” de 1983 se funda sobre los restos deuna tragedia colectiva. Y prácticamente se funda de favor. Todo lo demás essilencio.
Recuerdo que en los días previos a la euforia democrática del ‘83, CharlyGarcía cantaba: “cuando el mundo tira para abajo, es mejor no estar atado anada”. Aquellos dinosaurios (todos los dinosaurios: los tuyos, los míos, losde ellos: nuestros dinosaurios) que aplastaron al país de todas las formasposibles, consiguieron además poner un huevo que casi nadie ponderó en sugravitación futura: en el ‘83 estábamos fundando el más impropio, mediocre yraquítico sillón de Rivadavia que se pudiera concebir.
La clase política sobreviviente a la dictadura se hizo cargo de este muerto. Lohizo asomándose en puntitas de pie por sobre una sociedad débil, extraviaday exhausta que luego del festejo inaugural se desentendió de la tarea. Aquí nisiquiera se tomó el poder (porque no había). Aquí la clase dirigente apenaspudo tomar un poder prestado desde afuera y tratar de aprender a sentarseen él. Más tarde, todos acabaron como rehenes de su propia invención.
Déjeme que diga lo que usted ya sabe. Ellos pensaron: no somos nada (yen esto tenían razón: somos especialistas en diagnósticos). Y concluye-ron: la globalización es una fuerza irresistible. Es perentorio formar partede ese proceso: necesitamos un espacio de protagonismo a nivel global yencontrar un interlocutor al que nuestra presencia le resulte funcional.
Como nuestro peso relativo es francamente pobrísimo, el único caminoes “figurar” en ese margen donde se hace el trabajo sucio de laglobalización. No queda otra.
(Todo el problema de esta época está contenido en esa frase que antecede yestá por debajo de todas las decisiones: “no queda otra que.”)Y entonces: alimentaron a sus perros de presa (el capital especulativo), legi-timaron sus bravuconadas (sus guerras), les entregaron la llave de nuestrohogar para que las corporaciones hicieran sus fiestas en casa (nuestros re-cursos), se ocuparon de acallar a los opositores en las globales reunionesfamiliares (la política exterior). Todo eso a cambio de la provisión periódica deuna dosis de Viagra que les mantuviera parado y manipulable el precarioandamio institucional que descansaba entre sus manos: esta democracia.
Quien en este proceso quiera subrayar matices, giros y diferencias de princi-pios, que lo haga. Ninguno de ellos movió la aguja: todos han sido, en sustan-cia, completamente irrelevantes.
Desde 1983, la política (pero también toda otra actividad humana en la Argen-tina) se convirtió en: 1. La paciente construcción de agendas personales que habiliten una interlocución con “el poder real” y el armado de un sistema de relacionesmás o menos estable entre los pares.
2. La habilidad para articular ambas cosas en una negociación siempre co- 3. La lucidez para situarse lo más próximo posible a todas las mesas de 4. La flexibilidad para admitir que todo es negociable, con la salvedad de aquello que le permite a uno ser una de las partes en la negociación.
Para que la acción política fuera eficaz, hubo que especializarse en: 1. La manipulación del vocabulario político que su fuerza había acumulado trabajosamente a lo largo de su historia, a fin de hacerle decir cualquiercosa que surgiera de cualquier acuerdo.
2. Visitar y hacerse visitar por cuadros que debido a su honestidad e inteli- gencia o a su deshonestidad e ignorancia iban siendo desplazados delpoder, con el objeto de ofrecerles rehabilitación a cambio de que hicieranlo que hiciera falta.
3. Tener capacidad para realizar un movimiento de fondos, hacer una opera- ción de prensa o encargar una acción de inteligencia.
4. Mantener o contratar ocasionalmente grupos de adherentes que conoz- can el oficio de montar el espectáculo de “la militancia”, con todos sussímbolos y colorido.
¿No se recuerda a usted mismo elogiando estas habilidades “técnicas” enalgún profesional de la política, sin prestarle atención al objeto que estabacreando con esa metodología? ¿No recuerda incluso haberse burlado de los“opositores” cuando el zorro “propio” los hacía caer con esa pericia instru-mental? Sí: también en nosotros la acción política se fue reduciendo al estu-dio de una técnica orientada a la permanencia y dominio de la administraciónde los espacios públicos: todos nos convertimos en cuidadores de plazas.
Desde 1983 hemos venido razonando, haciendo y hablando en el marco dela lógica de ese poder. Y en los momentos en que pudimos tomar distanciasolo atinamos a echar mano (era lo único que nos venía a la mente) a fórmu-las discursivas y patrones de acción aprendidos hace mucho, cuando el cri-terio de realidad y la realidad misma se conectaban de un modo que dejó deexistir con la dictadura.
Yo quisiera que se entienda bien: no hago una impugnación de carácter éticoo moral. Algo así sería muy elocuente pero completamente secundario. Laética y la moral no crean la institución o el proyecto político sino al contrario,son producidas por ellos. Lo que se impugna acá es esa institución (en elmás amplio sentido de la palabra) que a partir de 1983 origina una cierta for-ma de ser, de pensar y de hacer. Estoy hablando de ese poder instituyente que informa nuestras conductas personales y sociales, nuestras priorida-des, nuestros gustos; del orden simbólico que domina el campo de la política,pero que lo excede ampliamente: desde 1983, toda la sociedad en todos susniveles se convierte en una maquinaria que solo produce diferencias trivia-les, oposiciones insignificantes.
Hablamos de la Argentina, pero también podríamos hablar del mundo. Seinstala entre nosotros un universo de valor que privilegia la eficacia operacio-nal, el saber instrumental y la capacidad para producir efectos, con total indi-ferencia por el rumbo general del proceso y el destino que le espera al objetooperado, instrumentado, efectuado. Importa más la técnica del pintor que elcuadro mismo, los procedimientos del escritor antes que su decir literario, esmás importante la forma del discurso que su sentido, más urgente la acumu-lación al infinito de recursos que su destinación.
Todo se reduce a operaciones de orden. Matemática aplicada. Todo es su-mar, restar, dividir y multiplicar siempre los mismos elementos.
Nuestro encuentro con la realidad ya no es un acto creador. Es un acto admi-nistrativo. Ahí se agota el territorio de lo pensable. Y todo lo que vaya más alláde las fronteras del cálculo se lo percibe como absurdo, imposible, infantil,irresponsable. Es el imperio de la repetición: operamos y somos operadosmecánicamente dentro de un universo cerrado sobre sí mismo.
¿Se fijó que la única diferencia que los funcionarios peronistas exhiben orgu-llosos ante sus pares del radicalismo no es relativa a la política sino a laeficacia? Ellos dicen: “Los peronistas nos hacemos cargo, tenemos voca-ción de poder porque no le escapamos a los problemas, los encaramos”. Laejecutividad, el “dinamismo”, el sentido práctico y la capacidad de negocia-ción son las virtudes instrumentales que se requieren para aspirar a cual-quier gerencia administrativa.
Este es todo el poder del poder instituido en 1983: el arte de combinar “LoMismo” de mil maneras distintas. Y hacer política, parece obvio, es completa-mente otra cosa: política es el acto consciente y colectivo de instituir un mun-do mejor. Institución quiere decir: “acción de instituir, de crear”. Y el cálculoes la parte menos importante de la creación.
Para volver a la metáfora del comienzo, no tomar el poder que sostiene elcodiciado sillón de Rivadavia y las sillas que completan el lote significa des-truir su lógica. Si lo que se quiere es construir un mundo mejor, hay queapartarse de ella y pulverizarla, empezando por procurarnos sillón y sillaspropias. La cuestión, entonces, no sería tomar ese poder sino hacernos car-pinteros.
En general, diría: todo lo que se funda en el círculo de “Lo Mismo” debe serdestruido. Todo lo que haga “La Diferencia” debe ser alentado.
En particular, me hago esta pregunta: ¿Cuál podría ser el fiel que no me dejeasesinar a mi mujer porque “siempre es la misma” y evite que me arroje a losbrazos de un mutante cualquiera, “siempre distinto”?Disculpe la digresión filosófica (retomo enseguida):“Lo Mismo” es lo que existe gracias a una supresión voluntaria del Tiempo:es una especie de pacto que sustrae de la degradación a un conjunto designificantes con la ilusión de que podrán seguir atados a los mismos signifi-cados de por vida. Es el mundo de lo definido, del ser así para siempre. Esteacto “conservador de lo que hay” es el que suele permitirle a una personajurar amor eterno a su mujer y a una comunidad jurar una bandera. En esteespacio de “Lo Mismo” nacen los conceptos de lealtad y de traición: es ellugar a donde se acude en situaciones desesperadas. Es un lugarpeligrosísimo. Porque trazar un círculo alrededor de “Lo Mismo” comportauna paradoja fatal: en el instante en uno se piensa eterno, muere. Es inevita-ble. Porque la supresión del Tiempo elimina la posibilidad de cambiar. Y loque no cambia no tiene vida. “Lo Mismo” es la misma muerte. Mientras elpacto de eternidad no se rompe, uno tiene certeza infinita, la acción fluye, lalealtad es una cosa sencilla de discernir y la traición un acto rápidamentecondenable. Pero en cuanto el Tiempo aparece, la muerte llega y uno advier-te que vivía atado a un ancla.
Un ejemplo de pacto quebrado: ¿Qué significa hoy la afirmación “la clasetrabajadora es la columna vertebral del movimiento peronista”? ¿Cuál “clasetrabajadora”? ¿Podría decirme qué es lo que distingue a los miembros deesta “clase”? ¿El “trabajo”? ¿Y de qué “movimiento” se habla? ¿Puede existiruna columna vertebrada alrededor de la nada? ¿Qué viene a querer decir ahíla palabra “peronista”? Un ejemplo más: ¿Puede decirme usted qué significa-ría hoy la expresión “la felicidad del pueblo y la grandeza de la Nación”? Si enlos hechos no hay diferencia entre pueblo y población, entre Nación y país ysi no se sabe bien cuáles podrían ser los objetos que se nombran al decir“felicidad” y “grandeza”, dicha expresión no expresa nada. Seamos francos:no se puede contestar a esto con otras generalidades (que el derecho a lavivienda, a la comida, al vestido: usted sabe muy bien, si uno quiere vestir aun santo necesita desvestir a otro, y precisar esto sí sería expresivo).
Así como están las cosas, el principal lema del peronismo es hoy de unavaguedad sin límites. Son palabras que no refieren a nada. Si por una parte elTiempo parece no haber pasado para el peronismo, por la otra es evidenteque le pasó por arriba. Es eso. En algún momento el peronismo se cerró sobre sí mismo y dejó de producir sentido: clausuró su relación con la reali-dad y se creyó eterno: ¿usted no se sintió políticamente muerto, incluso per-sonalmente vacío, la noche que ganó Alfonsín? Esto no es una anécdota: “larealidad nos dejó solos”, pensamos. Pero era al revés. Ese vacío es la medi-da del fracaso. Hoy, todo nuestro lenguaje ha sufrido un fenomenal corrimien-to entre significantes y significados. ¿Podría usted decir qué se dice cuandose dice “volver a Perón”?Si cada vez que decimos algo necesitamos una hora de explicaciones paraaclarar lo que se ha dicho es porque el fundamento de nuestro lenguaje se hadesvanecido, y más allá de causas y responsabilidades, lo fundamental escomprender que en el centro de ese desvanecimiento estamos nosotrosmismos: el peronismo perdió el sentido. En principio digamos que “el”peronismo no existe. Digamos también que “desde” el peronismo ya sepuede decir prácticamente cualquier cosa. Y que, en general, los argenti-nos no le encuentran ningún sentido “al peronismo” (como tampoco a nin-gún otro “ismo”, porque esto no nos pasa solo a nosotros). Es que hapasado el Tiempo.
Pero ¿Qué es el Tiempo? El Tiempo, compañero, es una creación humanaque no está asegurada, garantizada ni producida más que por los hombres.
El Tiempo es la Historia. Y la Historia no es otra cosa que la actividadtransformadora que las sociedades ejercen voluntariamente sobre las institu-ciones que ellas mismas crearon: es la creación de un sentido para sí mis-mas. El Tiempo Histórico no es algo que fluye incesantemente y que nuncase detiene (como creían el marxismo y el positivismo: eso de “la victoria esnuestra”.). Lo que fluye siempre es el tiempo del reloj, un tiempo aritmético, entodo caso biológico, pero siempre cuantitativo. Tiempo, en el sentido fuertede la palabra, es la autocreación de las sociedades por ellas mismas. Y pue-de detenerse: los egipcios pasaron más de 5.000 años en un mismo e idénti-co Tiempo Histórico.
¿No siente usted que el período 1983-2002 ha pasado como “un soplo” conrelación a la duración del período que va desde la caída de Perón en el 55 y alcomienzo de la dictadura? La diferencia en tiempo de reloj, sin embargo, esde solo dos años. Sin embargo, uno parece extensísimo, “lleno de cosas” y elotro “pasó volando”. La diferencia está en la calidad: hay Tiempos fuertes ytiempos débiles.
La Argentina (y claro está, el peronismo) no tiene Tiempo propio. Nuestrasociedad abandonó la tarea de “darse un sentido para sí misma”. En algúnmomento entre los años ‘70 y ‘80 la Argentina detuvo su vocacióntransformadora (me gustaría decir: huyendo del fracaso y de la muerte) ydecidió encerrarse en el seguro espacio de eternidad de “Lo Mismo”. Y es en la ruptura de “Lo Mismo” donde radica la posibilidad de restituir un nuevo sentido para nuestras palabras. Es preciso romper con la clausura delas ideas heredadas. No se trata de tirar todo a la basura sino de poner todoen cuestión. Si hay algún lugar a donde hay que volver, ese lugar es el princi-pio (y el principio siempre es ahora, hoy): hay que construir un nuevo criteriode realidad, un nuevo mundo de ideas, otro lenguaje. Hay que dejar de hablarsobre supuestos y “a la manera de”. Somos gente grande: no se puede estartodo el tiempo con el Perón en la boca. Hay que volver de la muerte y meterseen el baile de las diferencias. Tendríamos que poder hacer algo más que“levantar el dedo” sobre este mundo de “Lo Diferente” que, además de estarinfestado de caprichitos, es el mundo vivo en el que estamos.
Nuevo arrebato filosófico (ya retomo):“Lo Diferente”, en el plano de las sociedades, es lo que existe gracias a lacreación incesante de acontecimientos. Es creación de Tiempo social-histórico.
Es lo que le permite a una persona cuestionarse a sí misma y a una comuni-dad alterarse voluntariamente. Con la creación social-histórica de “La Dife-rencia” nacen la política, la filosofía y la búsqueda de la verdad. “Lo Diferente”es por excelencia el espacio de la vida. Acá se aprende a reconocer al Otroy a distinguir al semejante. Es un mundo abierto. Y por eso mismo es un lugarpeligrosísimo: porque la multiplicación al infinito de “la diferencia” comporta laparadoja de conducirnos a lo insignificante. Y lo insignificante es el Caos, ellugar del sin sentido: la muerte. El hecho de que haya muchísimos peronistasy no haya peronismo, ¿qué le hace pensar? Hay argentinos pero no hayArgentina: hemos llegado al máximo grado de diferenciación, lo cual nos haceinsignificantes como comunidad.
Sin embargo, y pese a todos los peligros, yo diría: en el mundo de “Lo Mismo”uno termina perdiendo la vida y en el mundo de “Lo Diferente” uno tiene espa-cio para jugársela. ¿Dónde queremos estar? En los últimos quince o veinte años, un fenómeno clave ha sido el rechazo ola indiferencia militante hacia la política por parte de la inmensa mayoría delos argentinos.
He escuchado tres tipos de argumento para explicar esta conducta: 1. Des-de la política no se ha podido ofrecer un proyecto viable que los convoque, 2.
Desde la política no se ha sabido interpretar sus expectativas, 3. La sociedadno ha podido arribar a una síntesis de sus experiencias, por lo tanto no puedearticular un proyecto. Escuché también un cuarto argumento: “qué queréscon este pueblo de mierda”. Hay que salir de ahí: todos estos argumentosson fórmulas de análisis heredadas. Para esta herencia, “proyecto”, “convo-catoria”, “expectativas de la gente”, “síntesis” son “figuras” que tienen una forma muy específica. Y como esta sociedad de hoy no las produce, supone-mos que no está produciendo nada.
¿No habrá en la sociedad una producción de “formas” que nosotros novemos como tales ni valoramos porque no figuran en nuestro VademecumGeneral de los Dispositivos Políticos? ¿Por qué razón el fenomenal retiro de laparticipación política por parte de la gente no sería una “forma” valiosa?Premonitorio, Charly García decía en los ‘80: “Cuando el mundo tira paraabajo, es mejor no estar atado a nada”. Diez años después, cantaba: “Estánmuertos, están muertos, vayansé de aquí, vayansé”.
Hipótesis: si se considera la situación de extraordinaria debilidad, desde elpunto de vista colectivo, el acto más sabio que ha ocurrido en la Argentina enestos últimos años es este retiro voluntario y masivo de la lógica instituida enel campo de la política. Le secaron la planta.
Demostración: a falta de otros instrumentos (de la creación de otra lógica, porejemplo), la gente se fue restando de ese modelo institucional en el que “todotira para abajo”. Lo aguantó más o menos en silencio y “sin atarse a nada”. Yahora, cuando la anemia de ese mundo de ideas y de prácticas que se articu-la alrededor del sillón de Rivadavia se parece, en términos de poder, al raquí-tico poder de la gente, lo empieza a enfrentar en voz alta: “están muertos,váyanse de acá, vayansé”.
Este gesto de no participar en los espacios formadores de nuestra actualforma de ser se manifestó sin coherencia y de muchos modos. Pero está ahídesde hace rato y siempre fue muy intenso. ¿Alguien se ha ocupado en com-parar la enorme densidad que tienen nuestras conversaciones privadas conrelación a la extraordinaria simpleza de los discursos públicos? Hace ratoque existe en la Argentina una secreta conversación para-institucional de losargentinos con los argentinos, múltiples “formas” de un hartazgo donde nadieha tirado la red y solito está comenzando a “figurarse” y a tener palabras.
Lo que muy lentamente podría estar comenzando a ocurrir en la Argentina esla emergencia de un deseo nuevo: parecería que ya no estamos cómodoscon nuestra forma de ser. Esto es: se está poniendo en duda explícitamentela naturaleza misma del conjunto de instituciones que hasta ahora nos hacíaser de cierta manera. Esta es una gran oportunidad que, como siempre, tam-bién podemos perder.
Por ejemplo: las asambleas vecinales. ¿Estamos escuchando bien?Lo más importante de este fenómeno no son ni sus consignas ni susproto-discursos. Por ahora, lo único importante de este inédito estadodeliberativo de un sector de la población es su estado mismo: la deliberación.
Si uno deja de evaluar este fenómeno a través de sus consignas y prestaatención al ritmo y a las tensiones que lo atraviesan debe reconocer que estoha nacido y se sostiene por fuera de todos los estatutos del poder: es algo completamente nuevo. Su “forma” no encaja dentro de la lógica del modeloinstitucional vigente. ¿Quién podía predecir hace apenas tres o cuatro mesesque en todo el país iba a haber miles y miles de personas (personas, no militan-tes fabricados en serie) que voluntariamente se reunirían dos y tres veces a lasemana para discutir formas de hacer y de pensar en común? ¿No es extrañoque en un país donde la participación era nula, de la noche a la mañana, aparez-ca gente que se da cita en una plaza para comentar la noticia del día?¿Qué lo que discuten y hacen es pobre? ¿Qué se va a desinflar? ¿Qué serámanipulado? Convendría darle gas para que esto no pase. La aparición deeste fenómeno, mal o bien, le dio cuerda al reloj del Tiempo Histórico en laArgentina. Y eso no es poco.
Algo de lo que anima este fenómeno tiene un valor inmenso. Por ejemplo:esta gente parece creer que la naturaleza del orden institucional podría sercambiada y quiere ser parte de ello. Considera legítimos sus ámbitos de dis-cusión y sienten que su existencia de hecho debería convertirse en una exis-tencia de derecho. Incluso, por momentos, hablan de sí mismos no comogrupos de protesta sino como instituciones en formación.
En la práctica, esto significa una franca violación al principio constitucional enel que, justamente, se sostienen todos los bienes muebles e inmuebles delseñor Rivadavia: el pueblo no delibera ni gobierna sino a través de sus repre-sentantes. Esta violación podría constituirse en un hecho revolucionario si nofuera porque todavía vemos solamente gente en estado deliberativo y no unpueblo deliberante. Pero aún así es algo extraordinario: ocurre y nadie puedesaber lo que vaya a pasar. No se puede predecir porque acá no juega la lógicadel cálculo sino la lógica de la imaginación. Y la imaginación es impredecible.
La verdad es que situaciones como estas no se presentan muy seguido. Entoda la historia Argentina habrá ocurrido una docena de veces. No más. Y entodas las oportunidades en que la gente puso en cuestión el principio de larepresentación, la deliberación concluyó con un cambio en los sistemas departicipación colectiva y de gobierno, y con la aparición de nuevas dirigencias.
¿Hay dejar que esto se caiga? Por más balbuceante e infantil que nos parezca ladiscusión de estos sectores, impugnarlos y marginarse de ellos equivale, sinmás, a caer abrazados al sillón de Rivadavia: lo peor, lo que está muriendo.
Cuando en las plazas se dice a viva voz “que se vayan todos”, se escuchacon frecuencia una objeción: “Claro, sí, que se vayan todos. ¿Y entoncesquién gobierna?”. Esta respuesta se funda en ideas mediocres. Por ejemplo,la creencia de que un acontecimiento de esa naturaleza (la exigencia de que “se vayan todos”) nos hundiría en la anarquía. Esto es simplemente terroris-mo. La objeción busca paralizar el estado deliberativo. ¿Anarquía y disolu-ción social? Yo veo crecientes sectores de la población manifestándose pa-cíficamente, creando un orden para sí mismos, pensando y discutiendo te-mas que antes eran privativos de la dirigencia “profesional”. Incluso, en algu-nos lugares del interior ya no son solo grupos de vecinos: ya se puede hablarde frentes en proceso de articulación. Y esto está muy lejos de la anarquía.
En realidad, lo que está entrando en estado de anarquía y en la disolución esla máquina institucional de la política de “Lo Mismo”. Desde ahí se vive conterror la rotura de las cadenas de mando y control social, el corte de suslíneas habituales de diálogo, la fractura de sus lealtades. Esta dirigencia noes capaz de concebir un poder institucional distinto al vigente y esto es, pre-cisamente, lo que la lleva a ver un supuesto riesgo de anarquía en este esta-do deliberativo de una parte de la población. Les falta imaginación. La clasedirigente argentina, por su empobrecimiento o por sus compromisos, solopuede pensar el escenario en el que está actuando. Son elenco de un sololibreto. Y este estado deliberativo no les entra en la cabeza. No saben quéhacer con él.
Yo les sugeriría que escuchen la consigna “Que se vayan todos, que noquede nadie”, no como un rechazo personal, sino como una convocatoria.
Les pediría que la escuchen de este modo: “Les exigimos que se vayan deahí”. ¿De dónde? Del campo de la lógica de un poder político institucional queha sido construido por y para una sociedad injusta y cuya naturaleza, preci-samente, es reproducir ese estado de cosas.
Lo que se maldice en las plazas (y “maldecir” tiene acá sus dos sentidos: elde insultar y el de decir mal, hablar confusamente), lo que se repudia es lafalta de coraje de una clase dirigente (política, gremial, empresaria, cultural)que no es capaz de ver algo que es muy evidente: que el edificio políticoinstitucional que ayudaron a construir y del cual son rehenes es autodestructivopara ellos mismos y para el país. Definitivamente.
¿Podría profundizarse este fenómeno? No sé. Lo único que parece cierto esque ahí hay material para avanzar hacia el fin de la formación histórico-socialen se articuló en la Argentina desde 1983. Esto es: debiéramos dirigirnoshacia la caída de ese sistema de creencias, afectos y significaciones y de lasinstituciones y los tipos humanos que los expresan; tendríamos que avanzarhasta provocar la total obsolescencia de sus prácticas, de sus discursos yde sus lealtades. Esto es: (si el diagnóstico es asumido y la acción colectivaes la acertada) la probable muerte de una sociedad y el posible nacimiento deotra. ¿No será mucho? Es posible. En el estado de fragilidad en el que esta-mos, todo esto suena a expresión de deseos. Pero, ¿qué otra cosa es elTiempo Histórico si no son las ganas de destruir / crear otro mundo? Por ahora, la situación de superficie es esta: hay quien protesta por lo que lequitaron y hay quien todavía está en silencio, aunque haya perdido casi todo.
Así como no podemos perder de vista lo que podría estar moviéndose debajode las protestas, es preciso ver también lo que hay tras el silencio.
El campo del silencio en la Argentina es amenazante y no puede sabersepara dónde va a disparar. Viene de vivir una vida entera en la deshumanizaciónmás humillante.
Una experiencia de soledad sin precedentes que ya lleva por lo menos dosgeneraciones. Los silenciosos no han podido, no han sabido o no han queridoapropiarse o sustituir las extraviadas organizaciones que antes eran el vehí-culo de sus representaciones políticas y sociales. No sabemos bien lo quepasa ahí. Esa es la verdad.
Unos piden el levantamiento del corralito y otros piden planes de trabajo. Laexpectativa parece bien pobre. Pero ambos espacios, al aparecer, han sidolos únicos desde donde fue posible instalar un Tiempo de otra calidad en laArgentina.
En ese corcoveo hay una posibilidad. ¿Qué se puede imaginar dentro deesta nueva lógica que parece estar despuntando? No sé. En principio, todo.
Absolutamente todo, sí. Todo tiene que poder ser, al menos, pensable y dis-cutible. Es la única forma de abrirle una brecha a la diferencia que hace LaDiferencia.
Para que hoy haya algo que pueda llamarse peronismo hace falta, entonces,asumir el riesgo de mezclarse con el múltiple universo de “Lo Diferente”. Suprimera tarea es rehacerse en ese fondo y aprender a mirar de nuevo.
Sin este movimiento de des-cristalización sus posibilidades son nulas. ¿Noes evidente?: prácticamente todos los pilares sociales y políticos que dabanvida y sustento al peronismo han desaparecido.
Siempre estuvimos orgullosos de la transmisión familiar y social de las prác-ticas y el pensamiento peronista.
Ser peronista, se decía, no es asunto de política sino de sentimientos. Entreotras cosas, su continuidad en el Tiempo estaba “asegurada” porque uno sehacía peronista en casa, o en el barrio, o directamente en la pelea cotidiana.
Esto no existe hace ya mucho tiempo: esta cadena de transmisión se rompióhace más de 30 años.
Ya tienen cerca de 20 los que nacieron durante la guerra de Malvinas y ron-dan los 30 los que empezaron su vida con la dictadura militar. Esta es “la granmasa del pueblo” en estos días. ¿Qué percepción podrían tener ellos delperonismo? ¿Qué relación tiene el peronismo con todos ellos? La verdad es que hoy “las bases peronistas” están muy lejos de ser lo quenuestro imaginario evoca en sus discursos.
¿Está claro lo lejos que estamos de una certeza? Casi todo el campo de sentidoestá por construirse y todavía no aprendimos a orientarnos en este complejomundo de “Lo Diferente”. Sin embargo, si no es por ahí, ¿por dónde?Hay que meterse ahí y no temer por la Identidad. Ninguno de nosotros es hijode un poste. Si nos situamos aquí y ahora, libres de obligaciones “para connuestra identidad histórica”, lo que esté vivo de esa tradición se hará presen-te sin que usted lo llame. Y lo que haya muerto, bien muerto estará. La identi-dad, lo mismo que el poder, no es una cosa que se deja llevar y traer. Es unasituación. Será entonces cuestión de remitirse de lleno a la situación.
Si hay algo en el peronismo que todavía podemos seguir “citando”, esto es elabrumador número de veces en que desde su interior se materializó el deseode construir una forma de Nación que facilite el acceso de las personas y dela sociedad a grados crecientes de libertad y autonomía. Su clave fue esavocación: poner en tela de juicio lo socialmente creado para postular institu-ciones que abran nuevos espacios de realización para el individuo y para lacomunidad.
Aún así, hay que saber que esta “cita” del pasado solo podría “hacer la dife-rencia” si su portador está vivo, aquí, ahora y en situación.
De un jugador que “juega de memoria” lo único que importa es su pericia. Aese jugador, la tribuna solo le festeja los goles. Pero cuando vemos en lacancha un jugador que aparece inesperadamente en posición de recibir, cam-bia el ritmo y desequilibra la situación; decimos que es un creador. Con esejugador, la tribuna no festeja: se transforma. En esa situación, la tribuna, eljugador y la creación son una sola cosa.

Source: http://www.cepag.com.ar/pdf/peronistas_3/cardozo.pdf

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